KATAKAMUNA es un misterio. Una luz llena de sabiduría.
Según algunos investigadores, se trata de un documento ancestral japonés cuya procedencia exacta es desconocida, pero se sospecha que pertenece a una civilización anterior incluso al periodo Jōmon —reconocido por su cerámica primitiva y datado hace unos 17.000 años—,
lo que situaría su origen en torno a hace más de 20.000 años.
Lo que se sabe es que existían unos manuscritos extrañísimos, custodiados durante generaciones en un templo sintoísta de Kobe —hoy desaparecido—,
guardados como una reliquia sagrada enrollada, sin ser comprendida por completo.
El último descendiente de aquella familia, ya convertido en pastor, conservó los rollos con la certeza transmitida por sus ancestros:
“Un día, el mundo necesitará esta sabiduría.”
Ese día llegó por lo que llamamos una causalidad.
En los años 30 o 40, el pastor entregó los manuscritos a un científico japonés: el Dr. Narasaki, célebre por sus investigaciones sobre el electromagnetismo terrestre.
Intrigado por los símbolos en espiral y su extraña belleza, el doctor los llevó a casa y comenzó a estudiarlos.
Lo que descubrió fue asombroso:
80 espirales galácticas que contenían sílabas, sonidos codificados,
que parecían poemas antiguos.
Al analizarlos, comprendió que no solo habían influido en el nacimiento posterior del idioma japonés,
sino que también resonaban con las estructuras del poema clásico japonés, como el tanka y el haiku.
Y aún más sorprendente:
cada uno de esos poemas parecía contener una fórmula de física cuántica, algunas de las cuales ni siquiera hoy han sido resueltas.
¿Quién canalizó todo esto hace 20.000 años y lo dejó escrito en símbolos tan precisos, tan cósmicos?
No lo sabemos.
Lo cierto es que la vibración que contienen no puede explicarse con lógica.
Pero sí puede sentirse.
Y al sonar con la voz… se activa.